10 rasgos de la colombianidad: Patrick Longmate, Colombia – November 2019

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10 rasgos de la colombianidad

Mi estancia en Colombia ha casi llegado a su fin. Por ello, me parece apto en este penúltimo reportaje reflexionar sobre el país y su gente. Con base en mis experiencias e interacciones con los locales, quisiera discutir los rasgos de la “colombianidad”, las idiosincrasias de la gente, y los matices culturales que se plasman en este país maravilloso.  Obviamente, mis reflexiones no son hechos empíricos basados en ningún tipo de investigación, ni un retrato veraz de la total realidad compleja  del país, sino más bien opiniones propias y, por lo tanto, subjetivas.

Los colombianos comen como si no hubiera mañana

Los colombianos tienen un apetito enorme y esto se ve sobre todo en los almuerzos “corrientes” que, según los locales, son “buenos, bonitos y baratos”. En las sedes donde se venden estas maravillas gastronómicas, llamados “corrientazos”, los almuerzos llevan sopa, carne, tres carbohidratos (normalmente arroz, frijoles, papas, pasta o plátano), ensalada, y jugo por el precio aproximo de $8,000 COP. Acaso el plato más representativo del apetito colombiano es la “Bandeja Paisa” y después de comerte una, experimentas lo que mis amigos mexicanos llaman “mal del puerco” – esa sensación de letargia y cansancio después de comer mucho. Los varios caldos, sopas y consomés aquí han sido una revelación, y el famoso “caldo de costilla” tiene un conocido poder macondiano de remediar la resaca. Así, el caldo, como si hubiera venido de una novela de García Márquez, se conoce come el “levanta muertos”.

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Bandeja Paisa (arroz, fríjoles, carne molida, chicharrón, chorizo, aguacate, huevo, platano, arepa – rice, beans, minced meat, pork crackling, chorizo, avocado, egg, fried banana, corn cake)

Un país de frutas

En adición a sus flores, su café y su biodiversidad, los colombianos están orgullosos de sus frutas y jugos naturales. Los nombres de las frutas representan todo un reto de vocabulario para los extranjeros, ya que muchas de ellas no son endémicas en nuestros países. Dichas frutas que a mi parecer más se destacan son: lulo, gulupa, maracuyá, uchuva, pitahaya, guayaba, granadilla, y guanábana. Una anécdota chistosa que me gustaría mencionar es la que tuve aquí en Colombia con un mesero, donde más hice caso del “relativismo cultural” porque a la hora de pedir un jugo de una fruta exótica elegí un mango, donde averigüé que, ¡el mango no es una fruta exótica, sino, según los colombianos, una de las más banales que hay! Se debe mencionar que la importancia de las frutas en el país se manifiesta en los varios dichos que se refieren a fruta (“dar papaya”, “tener guayabo”, “ah no, serán guayabas”).

La paranoia colombiana

Hablando del tema de las frutas, el primer dicho colombiano que se enseña a los extranjeros es el de “no dar papaya”. Este dicho destaca la importancia de no hacer alarde de sus cosas en público y pone en evidencia la lamentable desconfianza que sienten los colombianos de los demás en sus vidas cotidianas. Por más triste que sea, el pasado violento del país y la delincuencia  urbana actual que existe en ciudades como Bogotá, hace que los colombianos sean muy cuidadosos y sospechosos en cualquier entorno público. Los rolos (bogotanos) siempre están pendientes de sus alrededores y mantienen los ojos abiertos en sus recorridos diarios. Según la periodista colombiana Mónica Corredor, “saber cuándo algo no anda bien y estar vigilante ante cualquier peligro, son características de este desarrollado instinto – o debería decir paranoia – del colombiano.”

“El vivo vive del bobo”

Tal vez la prudencia que tienen los colombianos en entornos públicos se explica a través de la “astucia” colombiana que enfrentan en la vida cotidiana. Aunque sea un estereotipo vergonzoso, los colombianos tienen una reputación de ser “avispados” y aprovecharse de cualquier persona que “dé papaya”. Por un lado, esto se debe a la pobreza y desigualdad, las cuales son fuentes de delincuencia oportunista, pero también la llamada “viveza” de los colombianos se traslada a otros contextos. No es una sorpresa hacer una fila de dos horas solo para presenciar a 25 amigos, hermanos, colegas y primos terceros de la persona adelante colarse e impedir que entres al evento. Los colombianos son muy astutos, siempre buscando atajos o fisuras hasta el punto de arriesgar la vida cruzando la carretera ilícitamente para entrar a la estación de Transmilenio sin pagar los $2,500 COP. Esta filosofía de vida se plasma en los numerosos dichos que se refieren a la sagacidad colombiana: “El vivo vive del bobo”, “hecho la ley hecha la trampa”, “la malicia indígena”.

La amabilidad colombiana

En mi experiencia, los colombianos son muy acogedores hacia los extranjeros y me han tratado con mucha amabilidad. Además, son súper respetuosos, lo que se revela en sus idiosincrasias lingüísticas. En la industria de servicios al menos, todo es “con mucho gusto” y  la gente está “siempre a la orden” y “pendiente” de los demás. El uso de “usted” es muy común en Bogotá e incluso, ciertas personas te refieren como “sumercé”. Cuando los colombianos se equivocan siempre dicen “qué pena contigo” y cuando se despiden siempre desean que el otro “esté bien” o que “se cuide.” ¡Aunque este respeto sea sobre todo una cuestión semántica, al menos se escucha muy bonito! Sin embargo, entre amigos, se escucha otro lado del español colombiano, lleno de jerga que, fuera de su contexto, podría ser malinterpretada como lenguaje muy grosero. ¡Tuve que acostumbrarme al hecho de  que 90% del tiempo, “marica” o “guevón” no son insultos sino sinónimos para “amigo”.

Los colombianos no saben decir las cosas de frente

De pronto es la amabilidad de los colombianos que implica que den muchas vueltas en vez de decir las cosas como son. Ser francos no es una disposición natural de los colombianos, en concreto cuando el asunto es un poco complicado o delicado. Son abundantes en tapujos y excusas antes de decir “no” y siempre aplazan a pesar de que una decisión esté ya tomada. “Yo te estoy avisando en estos días,” o “te confirmo ahorita,” son en la mayoría de casos maneras respetuosas de decir “no”. Incluso, la palabra “gracias” se ha convertido en una manera de decir “no” cuando alguien quiere venderte algo. En Bogotá, las excusas son muy chistosas porque siempre tienen que ver con el transporte o el clima: “con está lluvia, ni modo de ir a la fiesta”, “seguramente si salgo con este frio tan berraco me voy a enfermar”, “con estos trancones no hay manera de llegar al plan”,  “nunca voy a llegar en Transmilenio a esta hora”. Si bien los colombianos prefieren contar una mentira interminable que decir una sola verdad dolorosa, se puede percibir también como otro síntoma del amable deseo colombiano de no ofender al otro.

Hora colombiana

La impuntualidad es otra cosa que define la colombianidad. Cuando una hora de encuentro se acuerda siempre es necesario aclarar si es hora normal u “hora colombiana”. ¡Los colombianos justifican su tardanza con la excusa de que “citan temprano” pero eso es pura retórica! Sobre todo, mi recomendación es ¡pilas con la frase “ya voy llegando” o “llego en cinco minuticos” porque quién sabe cómo es que el tiempo se expande de tal manera entre esa afirmación y, finalmente,  la llegada de la persona!

 La plata habla

Los colombianos son muy trabajadores y el día laboral es larguísimo. Por ejemplo, muchos taxistas con quienes he platicado tienen un día laboral de 17 horas. El día universitario abarca desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche y ¡jamás me voy a quejar porque tengo una clase a las 9 de la mañana en el reino unido! Tal vez su ética laboral implacable para ganarse la vida implica que los colombianos sean tan tacaños. Regatear es su segunda naturaleza y sin duda mi vocabulario de regateo ha mejorado aquí: “¿no aplica ningún descuentico?” , “es que no me alcanza”, “no tengo tanto presupuesto”, “usssshhhh, pero eso está muy caro”, “y si le compro varios, ¿en cuánto queda?”. Según Mónica Corredores, “no importa si se trata de vender un servicio a una compañía, o si son las ventas del mercado de las pulgas, pedir rebaja hace parte del día a día de un colombiano”.

¿Has ido a Colombia? No, pero he visto Narcos

Lamentablemente, Colombia  ha sido etiquetado con el nombre de Pablo Escobar, cuyo rostro se vende en camisetas en las calles de sitios turísticos en Colombia. Se comercializa así una imagen que se consume por los foráneos. Sin embrago, aparte del negocio de las camisas (lo que refleja la actitud del consumidor más que el vendedor) Escobar es odiado casi unánimemente, visto como enemigo del pueblo que asoló al país, y su nombre, igual que la serie “Narcos” se ha convertido en tabú. Los colombianos tienen buen sentido del humor pero nunca siquiera se atreven a bromear sobre él. Cuando fui a Medellín, la cuna de Escobar, solo vi los residuos del sufrimiento que causó, y solo encontré a las víctimas de su legado sanguinario, sobre todo en mi visita a la comuna 13. En unas entrevistas que realicé sobre la colombianidad, los entrevistados resaltaron que ser colombiano es agarrar todo el pasado violento del país para que no vuelva a pasar, y mirar más allá de la violencia con ganas de cambiar la perspectiva y la imagen del país en el exterior. La alegría colombiana es parte de este nuevo mercadeo y pese a las tasas de desigualdad y delincuencia, aún muy altas en el país, los colombianos se las dan de felices. Esta felicidad sin duda se plasma en la cultura de fiesta y baile y según un entrevistado, “la alegría siempre une al pueblo colombiano y la gente siempre se une en torno a la fiesta. Siendo diferentes pero vivir en espacios donde podemos disfrutar hacen construir un país más fuerte, una unidad cultural grande”.

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La Comuna 13, Medellín

Una nación fragmentada

El sentimiento nacional es un tema interesante en Colombia porque, aunque los colombianos están orgullosos de su patria, el patriotismo ha sido debilitado por el conflicto armado interno y la fuerte identidad regional. Parece que hay poca cohesión nacional por cuenta de los residuos (o tal vez causas) de la guerra, como por ejemplo la desigualdad o la corrupción, y la increíble diversidad de los 32 departamentos y las pocas afinidades que tienen entre sí, ha forjado una identidad marcadamente regionalista. Es muy común que la gente se identifique más como rolo, paisa, caleño, pastuso o costeño que colombiano y por lo general los colombianos enfatizan la gran diferencia entre la gente de tierra caliente (Medellín, Cali, Cartagena, etc.)  y la de tierra fría (Bogotá, Boyacá, etc.). Sin embargo, cuando más se siente la unidad del país es cuando juega la selección de fútbol. Cuando fui a ver Colombia contra Brasil en un bar, descubrí que no hay partidos “amistosos” que involucran a la selección nacional y que todo el mundo se olvida de sus diferencias cuando se marca un gol.  El símbolo más conspicuo del patriotismo colombiano es de pronto la camisa de la selección que, junto con los taxis, pinta las calles de Bogotá de amarillo, sin importar si hay un partido o no. ¡De hecho, la camiseta de Colombia para el mundial en 2014 es la más vendida de la historia de Adidas! Aunque el fútbol es sin duda el opio del pueblo, merece la pena mencionar que el ciclismo es también popular aquí y que después de su vitoria en el tour de Francia, Egan Bernal se convirtió en un icono del país, compartiendo el mismo pedestal en el que están figuras como James, Falcao o Cuadrado.

En resumen, aunque estos diez rasgos de la colombianidad son meras generalizaciones, espero que al menos sirvan como un esbozo de los varios fenómenos y matices que forman parte de la rica cultura de Colombia.

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Mural de Egan Bernal, Zipaquirá, Cundinamarca

 

10 features of ‘colombianness’

My time in Colombia has almost reached its end. And so it seems apt to dedicate this penultimate report to my reflexions about the country and its people. Based upon my experiences and interactions with locals, I want to discuss some of the features of Colombianness, the idiosyncrasies of the people and the cultural nuances that are reflected in this wonderful country. Obviously my reflexions aren’t by any means research based empirical facts, nor a truthful outline of the total complex reality of the country, but rather my own, subjective opinions.

Colombians eat as if there were no tomorrow

Colombians have an enormous appetite that is principally manifested in their ‘almuerzos corrientes’ (or ‘everyman’s lunches’), which, according to the locals, are ‘good, tasty and cheap’ (catchy plosive-alliteration of ‘bueno, bonito y barato’ lost in my translation). In the headquarters of these gastronomic marvels (known as ‘corrientazos’), the lunches include soup, meat, three carbohydrates (usually rice, beans, potatoes, pasta or fried banana), salad and juice for the rough price of $8,000COP (£1.95). Perhaps the most representative dish of the Colombian appetite is the ‘Bandeja Paisa’ (‘paisa platter’) and after eating one you experience what my Mexican friends refer to as ‘mal de puerco’ – that sleepy, bloated feeling after eating too much. The various broths, soups and consommés here have been a revelation, and the famous caldo de costilla (rib soup) has a well-known macondian power to cure a hangover. As if taken from a García Márquez novel, the soup is known as ‘el levanta muertos’ or ‘the resurrector.’

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Caldo de costilla (costilla de res, papas, cebolla, cilantro, ajo – beef rib, potato, onion, coriander, garlic)

A country of fruits

In addition to their flowers, coffee and biodiversity, Colombians are proud of their fruits and natural juices. The names of all the fruits here create a real lexical challenge for foreigners given that many of them aren’t endemic in our countries. Some examples are: lulo (naranjilla), gulupa (variety of passion fruit), maracuyá (variety of passion fruit), uchuva (cape gooseberry), pitahaya (variety of dragon fruit), guayaba (guava), granadilla (grenadia), guanábana (soursop). Perhaps the time when I most appreciated the idea of ‘cultural relativism’ was when I had to chose an exotic fruit juice in a café and decided to go for ‘mango.’ The waiter seemed rather confused, at which point I realised that mango is amongst the most banal fruits of them all according to Colombians! I should mention that the importance of fruits in Colombia is apparent in the various sayings which refer to fruit: “dar papaya” (be careless with your belongings in public); “tener guayabo” (to be hungover); “ah no, serán guayabas” (‘no shit sherlock’).

Colombian paranoia

Speaking of fruits, the first Colombian saying that is taught to foreigners is “no dar papaya.” This saying emphasises the importance of not flaunting your belongings in public and attests to the regrettable distrust which Colombians feel towards others in their daily lives. As sad as it may be, the country’s violent past and the current urban crime rates in cities like Bogotá, mean that Colombians are extremely cautious and suspicious of others in public environments. ‘Rolos’ (Colombians from Bogotá), are always aware of their surroundings and keep an eye out when on the move. According to Colombian journalist Monica Corredor, “knowing when something isn’t quite right and being vigilant in front of whatever danger are characteristics of the developed instinct – or rather, paranoia – of your average Colombian.

‘Fools build houses and wise men live in them’

Perhaps an explication for the caution that Colombians exert in public is the Colombian ‘guile’ that they face in their daily lives.  Although it’s a shameful stereotype, Colombians have a reputation for being quick witted and taking advantage of whoever is off guard in public. On the one hand Colombian guile has its origins in poverty and inequality, both of which are sources for opportunistic crime. However, the so-called Colombian ‘cunning’ also translates to other contexts. Here it’s no surprise to queue for two hours only to witness 25 friends, siblings, colleagues, and third cousins of the person in front of you barge in and prevent you from entering the given event. Colombians are very astute, always looking for shortcuts or loopholes up to the point that people risk their lives illicitly crossing the road to enter into the Transmilenio station without having to pay the $2,500COP (55p). This philosophy is given expression to in the number of sayings that refer to Colombian sagacity: “El vivo vive del bobo” (‘Fools build houses and wise men live in them’); “hecho la ley hecha la trampa” (rules are there to be broken); “la malicia indígena” (the quality of being astute).

Colombian politeness

From my experience, Colombians are very welcoming towards foreigners and they’ve been very friendly towards me. Moreover, they are super polite, which is made apparent in their linguistic idiosyncrasies. In the service industry at least, all is done ‘with pleasure’ and the people are always ‘at your disposal’ and ‘ready to be of help.’ The use of the formal pronoun ‘usted’ is very common in Bogotá and even certain people refer to you as ‘sumercé’ which roughly translates as ‘sir’ or ‘ma’am.’ When Colombians make a mistake or are in the wrong, they always say ‘que pena contigo’, a unique equivalent for ‘sorry’ and when they say goodbye they always wish that you ‘take care’ or ‘look after yourself.’ Although this politeness may be more than anything a question of semantics, at least it sounds nice! However, amongst friends, one is exposed to the other side of Colombian Spanish, full of slang, which, out of context, might be mistaken as being very rude! I had to become accustomed to the fact that ‘marica’ (an otherwise extremely offensive and homophobic word) or ‘guevón’ (otherwise ‘jerk’) are used 90% of the time here to mean ‘mate.’

Colombians don’t know how to say things how they are

Perhaps it is the friendliness of Colombians that means that they beat about the bush instead of saying things straight up. Being frank is not a natural Colombian disposition, especially when the topic might cause offence. Colombians can be full of excuses before saying ‘no’ and they always postpone despite the fact that a decision has already been already made. ‘I’ll let you know’ or ‘I’ll confirm in a bit’ are in the majority of cases polite ways of saying ‘no.’ Even the word ‘thank you’ has become a way of saying no when someone wants to sell you something. In Bogota, excuses are funny because they always have do to with transport or the weather: ‘with this rain, there’s no way I can make the party’, ‘No doubt if I go out in such a bitter cold I’m going to get ill’, ‘with this traffic there’s no way I can make the plan’, I’ll never arrive in Transmilenio at this hour.’ Even if Colombians prefer to tell an interminable lie instead of a single painful truth, it’s another symptom of the kind Colombian desire not to offend someone else.

Colombian Time

Unpunctuality is another thing that defines Colombianness. When a meeting time is arranged it’s always necessary to clarify if it is normal time or ‘Colombian time.’ Colombians justify their tardiness with the excuse that they ‘schedule early’ but that’s pure rhetoric! Above all, my recommendation is careful with the phrase ‘I’m on my way’ or ‘I’ll be there in five’ because who knows how it is that time expands in such a way between those statements and the eventual arrival of the person!

Money talks

Colombians are very hardworking and the average working day is very long. For example, many taxi drivers with whom I’ve spoken have a 17 hour working day, whilst the university timetable kicks off at 6am and finishes at 9pm. Never again am I going to complain about having a 9am lecture in the UK! Perhaps their relentless work ethic in order to make ends meet is why Colombians can be so stingy. Haggling is their second nature and without doubt my bargaining vocabulary has improved here: ‘does that come with a discount?’, ‘I can’t quite make that price’, ‘My budget doesn’t extend that far’, ‘Ooof, that’s a bit pricey’, ‘And if I buy lots, how low can you go?’. According to Monica Corredores, “it doesn’t matter if it’s in a big business context, or in a flea market, asking for a discount is part of the Colombian day-to-day.’

Have you been to Colombia? No, but I’ve seen Narcos

Sadly, Colombia has been labelled with the name of Pablo Escobar, whose face is sold on T-shirts in the streets of tourist destinations here, commercialising an image which is consumed by foreigners. However, apart from the t-shirts (which reflects the outlook of the consumer more than the vendor) Escobar is almost unanimously hated, seen as an enemy of the people who devastated the country, and his name, like the series ‘Narcos’, has become taboo. Colombians have a good sense of humour but they don’t even dare to joke about him. When I went to Medellin, Escobar’s city, I only saw the residues of the suffering which he caused, and only met the victims of his bloody legacy, above all in my visit to the ‘comuna 13.’ In interviews which I carried out about Colombianness, the interviewees highlighted that to be Colombian is to take hold of the country’s violent past so that it doesn’t happen again and look beyond it with the aim of changing the perception and image of the country abroad. Colombian happiness is part of this new marketing and despite the rates of inequality and crime, still high in the country, Colombians portray themselves as a particularly happy people. This happiness is, without doubt, represented in the culture of fiesta and dance, and according to one interviewee, ‘happiness always unites the Colombian people and we always come together for fiestas. Being different but living in spaces where we can have a good time constructs a stronger country and cultural unity.’

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Medellín desde la Comuna 13 – Medellín taken from the Comuna 13

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A fragmented nation

National sentiment is an interesting topic in Colombia because, although Colombians are proud of their country, patriotism has been weakened by the internal armed conflict and a strong regional identity. It seems that there is little national cohesion because of the residues (or perhaps, causes) of the war, for example inequality or corruption, and the incredible diversity of the 32 departments and the few similarities which they share, has forged a marked regional identity. It’s common that people identify more as rolo, paisa, caleño, pastusoo costeño than Colombian and in general Colombians emphasise the great difference between people from the warm regions and the cold ones. However, when the unity of the country is most felt is when the national football team play. When I went to watch Colombia against Brazil in a bar, I realised that there are no such thing as ‘friendlies’ that involve the national team, and that everyone forgets their differences when a goal is scored. The most conspicuous symbol of Colombian patriotism is perhaps the national team football shirt, which, together with the taxis, paint the streets of Bogota yellow, regardless of whether there’s a match on or not. In fact, the Colombian football shirt for the 2014 world cup is the most sold football shirt in Adidas’s history! Although football is without doubt the opiate of the people, it’s worth mentioning that cycling is also very popular here and that, after his victory in the Tour de France, Egan Bernal has become an icon, and almost placed upon the same pedestal as the likes of James, Falcao or Cuadrado.

In conclusion, although these ten features of Colombianness are mere generalisations, I hope that they at least sketch an outline of the various phenomena and nuances that form part of the rich Colombian culture.

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